24 enero 2007

ARDOR GUERRERO de A. M. Molina

“Era demasiado inteligente como para embalsamarse en el comunismo extraviado y fósil de los años ochenta, en las devociones rancias y los anacronismos empecinados y patéticos de una progresía residual cuyos últimos adeptos aún deambulaban por ciertas calles y bares como fantasmas tristes o fugitivos de una reserva india. Pero también era honesto y tenía un sentido demasiado alto de la dignidad humana y de la justicia como para convertirse en un político profesional...
Jamás había frecuentado a los universitarios de la compañía, hacia los que manifestaba una hostilidad ecuánime, más o menos idéntica a la que sentía hacia cualquiera que hiciese gala de un simulacro de superioridad intelectual: reírse de las jergas vacuas de los literatos, de su descarado clasismo, de su gravedad impostada y ridícula, era una de las aficiones permanentes de mi amigo Pepe, que de vez en cuando me incluía a mí también entre los destinatarios de sus burlas:
-No sé cómo os las arregláis, pero siempre se os abre el periódico por las páginas culturales...
Es muy posible que sin el sarcasmo permanente de Pepe Rifón yo no hubiera aprendido a desprenderme de la infección de intelectualismo que padecía. Le debo un instinto de irreverencia hacia las sacralidades culturales, una conciencia irónica del influjo tan débil que pueden tener el arte y los libros sobre la realidad, que es del todo soberana y ajena a ellos y tiende a no notar que existen, a despecho de las hipertrofiadas vanidades de los artistas y los literatos.
De pronto comprendía con más asombro que remordimiento que en mi reclusión habitual en mí mismo había no sólo timidez y predisposición hacia la soledad, sino también una dosis inadvertida de soberbia, una falta de atención desdeñosa e inepta hacia el mundo real y las personas que me rodeaban.”

-Si no fuera duro no podría estar vivo. Si no fuera tierno no merecería estarlo.
Raymond Chandler: Playback